sábado, 19 de septiembre de 2009

TURISMO,

¿DE QUIÉN?

ARTÍCULO DE: Lorenzo Soriano

DE: Violeta Yangüela

Dos acontecimientos ocurridos en días recientes han vuelto a poner en el tapete el debate de los realistas versus los idealistas. En ambos acontecimientos Libia y su coronel Gadafi han sido los protagonistas.

En el primer caso, Escocia decidió poner en libertad por razones humanitarias a Addelbaset Ali Momamed Al Megrahi, convicto por la explosión del vuelo de Pan American de Lockervie en 1988 con 270 víctimas. Al salir de prisión, fue recibido como héroe en su tierra natal por el propio coronel Gadafi. El terrorista Al Megrahi tiene un cáncer terminal.

El segundo caso es la celebración de los 40 años de dictadura del coronel de Libia. Con la presencia de dignatarios, dirigentes árabes y africanos, algunos funcionarios europeos y de Ibero América el teniente coronel de Venezuela, Hugo Chávez -que no podía faltar- Gadafi celebra en grande su toma del poder y su permanencia durante 40 años.

El realismo implica el manejo de las relaciones entre estados sin importar las consideraciones éticas, teóricas o religiosas. El interés nacional por encima de la naturaleza de los estados. La famosa frase del presidente Franklin D. Roosevelt al referirse al dictador de Nicaragua Anastasio Somoza: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” o la raison d’etat del Cardenal Richelieu lo explica.

Para algunos otros realistas, el realismo no significa que se deje de tener en cuenta la naturaleza de los estados en el manejo de esas relaciones pero sujeta a la prioridad del interés nacional.

Para los idealistas en cambio, la naturaleza de los estados en las relaciones internacionales es fundamental. Es lo que el disidente ruso y prisionero en la GULAG rusa durante nueve años, Natan Sharansky, llama claridad moral. Esa falta de claridad moral es la que no permite distinguir entre fundamentalistas religiosos en una sociedad libre y el terrorismo religioso en una sociedad fundamentalista, y además, puede llevar a una sociedad a ver a sus conciudadanos como enemigos y a los totalitarismos como amigos.

Para Sharansky, un mundo sin claridad moral es un mundo donde los dictadores hablan de derechos humanos. El vínculo de las relaciones internacionales al comportamiento de los derechos humanos es imprescindible.

Dice Ignacio Camacho en un artículo titulado Nuestro hijo de puta y publicado en ABC de Madrid, España: “Muhammar El Gadafi fue un conspicuo terrorista cuya cabeza tenía precio hasta que decidió pagarlo él mismo con su chequera. En el cambio de estrategia influyó bastante el hecho de que Ronald Reagan, harto de sus tropelías, le metiese literalmente un misil por la ventana del cuarto de baño. El libio entendió el mensaje, echó mano a la billetera y preguntó qué se debía por los estropicios, y desde el momento en que se hizo cargo de las facturas se convirtió en un tipo respetable cuyas costumbres de tirano adquirieron de un día para otro el tinte benévolo del exotismo”.

A propósito, Cuba, Arabia Saudita y otros impresentables son miembros del Consejo de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Los dictadores no sólo hablan de derechos humanos, presiden su salvaguarda global.

Esta vez, ¿de quién es hijo el hijo de puta de Gadafi?

v.yanguela@codetel.net.do

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