sábado, 23 de enero de 2010

DESDE EL CORREDOR,

ALFREDO FUENTES

ARTÍCULO DE: Juan Del Castillo


(Para José Manuel Bermúdez y José Fernando Cabrera por el éxito de Tenerife en Fitur)

A pesar de haber trascurrido casi medio siglo de su muerte, don Paco Dorta, periodísticamente Alfredo Fuentes, hoy, más que en otras épocas, está de moda. Me cuenta su hija que tanto se le parece, la eterna Isabelita -cumplió hace poco 90 años- que los estudiosos la acosan pidiéndole escritos de su padre. También la revista Rincones, que dirige otro orotavense, Daniel Fernández, pronto, con los idus de marzo, dará a la luz una extensa colaboración sobre nuestro personaje. La Coordinadora del Rincón, con Toño Sánchez al frente, dedicó, hace pocos años, un homenaje a otro patricio coetáneo, Antonio Lugo. Deberían ir pensando en un acto similar a nuestro hombre.

Francisco Dorta y Jacinto del Castillo (La Orotava, cerca de1880-1962) era hijo de Ignacio Dorta, familiar al corredor, el más experto guía del Teide. Príncipe de aquella variopinta galería orotavense: Cristóbal el Mayor, Luis Monteverde, José Bethencourt, Lorenzo el Morisco -amiguito de Olivia Stone, la inglesa que publicó un libro con un título definitorio: Tenerife y sus seis satélites-, en fin, citado por Julio Verne... Dorta, con 16 años, escribió en Hespérides un suelto sobre la guerra, que firma con su primer seudónimo, Rozellés. Luego, se popularizó el definitivo, del que fue alumbrador su pariente, el escribano Juan Jacinto del Castillo. Funda y dirige Heraldo de Orotava, de vida efímera. Colaborador de los periódicos de Santa Cruz -Gaceta de Tenerife, La Prensa, La Tarde- escribía, asiduamente, en diversos semanarios del interior de la isla -El Valle, El Norte, La Voz del Valle y, por último, Canarias-. Es autor, en resumen, de miles de artículos. Junto a otros tinerfeños recios (Antonio Lugo, Víctor Pérez, Constanza Carnochan) contribuyó a la creación de una conciencia colectiva en pro del árbol. Cubrió de frutales el primer tramo de la carretera Orotava-Vilaflor, hasta Aguamansa, con la colaboración económica del Ayuntamiento de su Villa y del empresario Casiano García Feo.
También fomentó el turismo en el Valle de La Orotava. En aquel tiempo, el incipiente turismo de Tenerife estaba en el Norte, como los políticos de nivel, los primeros contribuyentes, la clase... Como decía mi abuela, “el Sur para los lagartos”. Idea suya fue la de construir una serie escalonada de hoteles desde el Gran Hotel Taoro (¡qué pena pasar, hoy, por allí!..), para que se pudieran ofertar, con referencia a la salud, diferentes temperaturas. Iniciativas de Dorta que encontraban eco en el entonces presidente del Cabildo, Maximino Acea y de Álvaro Silvela, miembro del Patronato Nacional de Turismo, un enamorado del Valle. En una de sus estancias coincidió con la “Fiesta de las Flores”, como la llamaban. Evento que le impresionó, recomendándole a Acea la necesidad de filmar una película sobre las alfombras orotavenses, con guión del propio Dorta. Sugirió, para llevarlo a la práctica, la conocida empresa norteamericana Metro Goldwyn Mayer, que, sin mayores gastos, dijo, aceptaría gustosa el encargo. En otras palabras, un film que lo abarcara todo: preparativos, materiales (tierras, arenas, pétalos, retamas, brezo), cómo se tejen, quiénes participaron a través de los tiempos, el Tapiz Maravilloso, la comitiva con aires de Corpus veneciano, el corto trayecto de la Custodia, la espectacular entrada en la Plaza Mayor, en fin, el escalofrío de las gentes cuando pasa y pisa Dios...

Aquel infatigable patriota escribió varios libros: Del exterior, Mujeres del Valle, Flor de los campos (novela cinematográfica) y, por supuesto, uno dedicado a su tema estrella: El turismo en Tenerife (Puerto de la Cruz, 1924). Profesionalmente, fue secretario del Juzgado Comarcal de La Orotava, desde 1915 hasta 1952 en que se jubila. ¡Ah, se me olvidaba!, en 1900, fue redactor de El Orden, en el que también colaboraban nombres que, por lo menos, guerra han dado: el citado Antonio Lugo, Agustín Monteverde, Diego Benítez de Lugo, Manuel Bethencourt del Río... y Alfonso Ascanio. Pero este último, personaje irrepetible, merece capítulo aparte.

Alfonso de Ascanio-Bazán y Poggio (La Orotava, 1884-Santa Cruz de Tenerife, 1965), ingeniero electricista de Montefiori (Bélgica), escribió diversas obras: Oxidación del ázoe atmosférico, La paz del amor, Muñecas de París, El invencible, Paloma en Madrid, Sin mujeres... en Benidorm, España Imperio y, al irse, tenía en preparación, Sex-appeal. Atracción sexual. Pero su pirueta vital fue el publicar, en 1952, La casa de Ardola, donde trata a su ilustre familia con poquito respeto. Ascanio es el eslabón intermedio de una saga de ilustrados: su padre, Nicolás de Ascanio-Bazán Negrín (La Orotava, 1855-1936), y su hijo, Alfonso de Ascanio, junior, que ha dado a la estampa algunos ensayos. Volviendo a los Ardola, Ascanio describe, de forma insuperable, el ambiente de la época, en la Villa: “Aquellas generaciones educadas y timoradas que, de buen grado, se sometían a la ley natural de la sucesión tascaban ahora el freno con mayor impaciencia, se rebelaban y el que más y el que menos se esforzaba de adelantarse al tiempo, ya sea heredando en vida o preparando una mejora o ayudando a bien morir al pariente sin familia. Los hijos se disputaban, los sobrinos se encrespaban en torneos de mala ley buscando el favoritismo de la tía vieja o del padrino próximo a desaparecer, y en cada casa se hurtaban muebles y valores y se consultaban abogados y se hacía maniobrar al párroco, al padre paúl o al jesuita influyente de la capital. Como una epidemia, la fiebre testamentaria obsesionaba a la gente joven y, por todos lados, se oía: - Se dice que Don Bernardino ha hecho escritura de venta a Perico... - Parece que Vicentito ha logrado, al fin, que su tío Raimundo le haga heredero universal... - Dicen que Juanito ha sacado del Banco un montón de dinero con letras de su padre...”.

A propósito de la jubilación de tan probo funcionario, a finales de 1952, se celebró, en el Liceo, un almuerzo, con 33 asistentes, al ser las plazas limitadas. Hicieron uso de la palabra, el alcalde Juan Guardia Doñate, el juez de Primera Instancia José Luis Sánchez Parodi y el registrador de la propiedad José Fernández Mirón. Leyó las adhesiones el arrogante letrado Leocadio Cuevas. El agasajo fue cosa del mundillo de la curia: jueces, abogados, procuradores, funcionarios judiciales. Tras haber visto la foto de familia posterior, en las escalinatas del vecino Jardín de la Quinta Roja, recuerdo a los hombres de leyes presentes: el juez Alonso de Zárate, el notario Vicente Leis, el secretario Justo Sobrón, el fiscal Domingo Codesido, Jesús González, Alonso Tabares, Rafael H. Correa, Amado Baeza, Clodomiro de Taoro, Evelio Álvarez y el único vivo: Francisco Casanova. Se me olvidaba el célebre y abstemio alguacil don Ricardo. Pero, en torno a aquellos manteles estaba, también, una variada representación de La Orotava de los cincuenta: los médicos Miguel Rodríguez Vivas y Juan del Castillo Díaz, el farmacéutico -también entre nosotros y por muchos años- Pompeyo Martínez Barona, el secretario del Ayuntamiento José Siverio, el interventor Felipe González. Paco cerró el ágape, con emotivas palabras, recordando a dos jueces fallecidos: Juan Cullen y Machado y Domingo Salazar y Cólogan.

En un suelto, al filo del júbilo de la jubilación, se pedía para Alfredo Fuentes el título de Hijo Predilecto. Por lo que fuera, no cuajó. Por el contrario, sí prosperó la iniciativa de bautizar con su nombre a una vía de la Villa de Arriba, en el barrio de La Piedad. Quiso el destino que calles paralelas, como sus desvelos, fueran las de Dorta y Lugo. A quienes la profesión separó en vida el callejero unió para siempre. A ambos, a don Antonio y a don Paco, a Lugo y Massieu y a Alfredo Fuentes, paladines de la cultura, el periodismo y el árbol de toda una época de la isla Dios los tenga en su gloria.

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